Alergias: Todo sobre la fiebre del Heno

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fiebre del heno

Pisoteamos céspedes y arrasamos con ellos, pero el pasto obtiene su dulce venganza con el tiempo. Su polen provoca que muchos de nosotros contraigamos la fiebre del heno, y lo mismo pasa con el de los árboles, la maleza e, incluso, el de algunas frutas y verduras.

A pesar de ser más pequeño que la punta de un alfiler, el polen -transportado por el viento- se aloja en los tejidos que revisten la nariz y garganta, donde puede causar una reacción alérgica. En ese momento, el cuerpo supone erróneamente que ha sido invadido por una amenaza, como un virus.

Para contraatacar el alérgeno, el organismo genera un tipo de anticuerpo, la inmunoglobulina E (IgE), lo que provoca inflamación en los conductos nasales y producción de moco. Este mecanismo ayuda a desalojar los alérgenos, pero puede derivar en otros síntomas, como dolor de cabeza debido a los senos bloqueados y tos causada por el moco que gotea desde la nariz en la parte posterior de la garganta.

Las personas genéticamente predispuestas a la fiebre del heno se conocen como atópicas. La enfermedad suele desarrollarse durante la niñez o la adolescencia, aunque los adultos la pueden contraer también. Probablemente es el resultado de un contacto recurrente con alguna sustancia que el sistema inmunológico percibe como una amenaza, pero nadie lo sabe con certeza.

Los pacientes están en problemas cuando el conteo de polen alcanza 50 granos por metro cúbico de aire. Y experimentan los peores síntomas en la mañana, cuando las plantas liberan el polen. Los alérgenos se juntan en el aire en los días húmedos y durante las tormentas nocturnas, aunque la lluvia limpia el ambiente de polen.

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